Tras un tiempo con el blog algo parado, regresamos con algo de fuerza y seguimos eb el año 1993, repleto de especiales, de tomos Prestige y de novelas gráficas impactantes. Una de las novedades fue la inclusión no sólo de historias de súper héroes sino de novelas de otros géneros, como la aquí presente.
Para quienes quieren saber un poco de la historia, más que contarla yo, dejaré una observación desde Zona Negativa, publicada en 2014:
Debo empezar indicando que Dime, Oscuro, argumentada por el novelista Karl Edward Wagner (creador de Kane, the Mystic Swordsman) y el dibujante Kent Williams (Blood: un relato sangriento, The Fountain), dialogada por John Ney Rieber (Captain America: New Deal, The Books of Magic) e ilustrada por el mencionado Williams, es, pese a las apariencias, un tebeo muy entretenido, donde no pesan sus 80 páginas de cultos paganos y sordidez made in England. Lo advierto desde ya porque las observaciones que compartiré a partir de ahora podrían asustar a más de uno.
“Barbara Flick. Tan hermosa. Tan apasionada. Tan perdida. Una amante que ningún hombre puede olvidar. Una vez, Michael Sands arriesgó su vida para liberarla de las redes de sange y éxtasis de un anciano culto, tejidas bajo las sombrías calles de Londres. Ahora hay mucho más en juego. Para liberar a su amor del ángel caído que mantiene su alma esclavizada, Michael debe arriesgar más que su vida. Al pelear por el alma de ella, él podría perder la suya“. [Extraído de la contraportada]
Como se desprende de la sinopsis, Dime, Oscuro navega en el filo entre la pretenciosidad y el pulp, orillando el kitch por muy poco. Cada página exuda un genuino tufo a trascendencia de baja estofa, esa que pretende dignificar tramas manidas y personajes de derribo con aproximaciones oblicuas y miradas sesgadas, como si la artificiosidad las subiese de categoría. La intriga, desnudada de sus rimbombancias, es de novela de a duro, con un músico venido a menos que no puede olvidar un viejo amor por el que casi acaba fiambre. Sectas sin nombre en las alcantarillas de un Londres siempre neblinoso hacen el resto. Si el protagonista se llamase John Constantine estaríamos en un estándar de Hellblazer. Citar Las flores del mal de Charles Baudelaire para adornar cada uno de los cinco capítulos en que se divide la historia en vez de, un decir, canciones de AC/DC, da una idea bastante precisa de hasta qué punto los autores querían alardear de cultos: ya podían haber redondeado la jugada con guiños a William Blake o a los aquelarres de Francisco de Goya, supuesto los conocieren.
El MAL, así en mayúscula, o la depravación, como gustan de representarlo más modestamente, son conceptos escurridizos y difíciles cuya plasmación siempre acarrea problemas, incluso entre artistas muy dotados (pensemos en el cineasta Stanley Kubrick y su pueril orgía en Eyes Wide Shut). O hay que jugársela con aberraciones sorprendentes, teniendo siempre en cuenta que por perversa que sea nuestra imaginación siglos de inteligencias dedicadas a la maldad han refinado cualquier forma de tortura y sometimiento, o debemos claudicar y sugerir, a la manera de H.P. Lovecraft, que el horror desatado no puede ser descrito y atender solo a sus efectos: esta segunda vía es la que parecen querer seguir Kent Williams y los suyos… claro que, entonces, pretender acceder a los pensamientos del corruptor es un error de bulto, por mucho que el título, con su estudiada exhortación lírica, lo anticipase.
Hubo un tiempo -que, en 1992, fecha de publicación de la obra, aún no estaba olvidado- en que los esfuerzos por dignificar el medio presumían de acercarlo a la literatura, con acápites abstrusos y soliloquios engorrosos que lo único que demostraban es que los guionistas de cómic son prosistas horrendos, salvo excepción puntual. John Ney Rieber, principal responsable de los textos, es mejor que muchos y frente a las habituales frases de vergüenza ajena, con forzados arranques poéticos de parvulario (comparaciones tales como “fría como el agua del Támesis” en pág.22 o metáforas como, tras un disparo, “En las cortinas nacen flores rojas” en pág.24), sorprenden destellos de creatividad (“¿Me ha olvidado? Pregunta al viento que arranca el verano de los árboles” pág.16).
La habilidad pictórica de Kent Williams está fuera de toda duda. También reto a cualquiera a que abra el libro por una página al azar y, sin leer las palabras, me describa qué está ocurriendo con los personajes. En pocas, muy pocas (por ejemplo: en las págs.22-24), superará la prueba. Las pinturas de Williams son hermosas, consistentes, aun con algún tiento con la experimentación (el inicio del capítulo 4, dibujado en tintas, recuerda poderosamente al estilo de Dave McKean), preocupado por las sensaciones y los estados de ánimo, no por las acciones. La paleta es fría, con blancos y grises sucios, figuras difuminadas y el ocasional resplandor de un rojo amenazante. Dime, Oscuro es todo atmósfera, lo que, a la postre, acaba sentándole bien.
Y es que -lo decía al principio- la historieta es muy entretenida. Tomada como un pulp atmosférico, como una cinta de terror de serie B, desnudada de pretensiones, Dime, Oscuro cuenta una historia de redención y segundas oportunidades de las que nos gustan, con los suficientes elementos de interés, tanto en guion como en dibujo, para que su lectura nos satisfaga. Como propuesta “seria” es un cúmulo de desaciertos, pero tomada como una suerte de Dylan Dog evolucionado, que extrae su fuerza no de la originalidad sino del pastiche, Dime, Oscuro es muy disfrutable. Wagner, Williams y Rieber pueden sentirse orgullosos de su criatura, aunque no les saliera la prima donna que aventuraban sino, más bien, un niño travieso y juguetón.
|